CÓMO LEEMOS LA PALABRA

Recuerdo que las primeras historias de la Biblia las escuché de niño, cuanto tenía apenas 7 años. ¿La ocasión? La muerte: la muerte de alguien muy cercano. Esa tragedia marcó mi vida. Aun hoy, algunas lecturas -y no solo de la Biblia- se muestran “grises”, “opacas”, “no-muy-claras”, debido a ese acontecimiento. En el medio de todo, creo que debo agradecer a mi madre por inculcarme el hábito de leer. La lectura de libros, revistas, periódicos y otras historias ha sido uno de sus más grandes legados; especialmente de noche (por alguna razón especial, el horario ejerce una influencia especial al leer).

Durante los últimos 14 años de mi vida he iniciado una aventura más profunda y voluntaria por este libro. De él se ha dicho mucho, y se ha escrito otro poco. He encontrado en la Biblia una oportunidad para el aprendizaje, la enseñanza, la conversación, la inspiración, y un sin fin de sentimientos y pensamientos que me han llevado a tomar esta lectura despacio (hasta lento, diría yo). Es imposible para mí -con todo el respeto para quienes lo promueven- leer este libro en un año. No hay prisa. Este libro suele estar en mi mesa de noche, aunque también aparece en la librera, el baño, el carro, debajo de la cama; y, últimamente, lucho con la tentación de “bajarlo” para que quepa en mi dispositivo móvil. ¡Esa sí es una lucha constante!

Debo confesar que a simple vista todas sus lecturas son ajenas, lejanas. En la primera lectura no tienen un significado especial, mucho menos “mágico”. Pero, por alguna razón, son interesantes. Al menos, me invitan a sostener conversaciones. Cada una de ellas distinta, diferente, amena, fascinante, y comunitaria. Porque se trata de hablar, de callar, de escuchar, de pensar, de reflexionar, de alejarse, de acercarse; de volver y regresar a leer, de tener cautela y también ser atrevido; de no ser dueño, pero sí ser invitado a participar con otros de la lectura. Algunas de estas son difíciles, otras más profundas. Algunas más, las llevo a casa; otras, las traigo de ahí. Así fue una de las últimas: en la pasada visita que hicimos al cementerio General de Guatemala en la zona 3 -actividad que al Centro para la Misión Transformadora (CMT) le permite contar y reflexionar sobre la historia de su país-, un grupo de personas y yo nos topamos con algo extraño, sin aparente sentido, pero que nos trajo a revelar una verdad mayor: “Quienquiera hablar sobre las buenas noticias del Evangelio, debe sostener la Palabra con una mano pero el mundo con la otra. O mucho más preciso aun, deber ser sostenido por ellos (Palabra y mundo) y creer que hay un sentido de gracia y bondad al hacerlo” (pág. 46, Geography of Grace).

Así, la lectura de Génesis 16, la que muy pocos usaríamos para hablar abiertamente de ella como una historia de gracia desde abajo, se fue “revelando” como una real, conocida, y hasta desafiante manera de ser sostenidos por la Palabra y el mundo. ¿Cómo ocurrió eso? Yo diría que simplemente abrimos los ojos a la realidad que teníamos enfrente y esta nos ayudó a ver de verdad lo que Agar (la esclava sexual) experimentó en ese momento, cómo Dios estaba con ella y la invitó a conversar: a tener una conversación de verdad, una conversación humana, una conversación de escuchar-hablar-escuchar-pensar-hablar-callar-aprender. ¡Esas son las conversaciones que este libro producen cuando deseamos ser sostenidos por el mundo -uno bueno y bello- y la Palabra, una buena y bella.


2 Replies to "CÓMO LEEMOS LA PALABRA"

  • Silvia Rosalva Mejia Garcia
    27 abril, 2015 (5:53 pm)
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    Comparto que no hay prisa por la lectura de la Biblia pero si creo que al final de mi vida me gustaría decir que la leí completamente más de una vez.

    • Teddy Torres
      12 junio, 2015 (10:54 pm)
      Reply

      Muchísimas gracias Silvita por el ánimo en disponer la vida para esuchar y aprender la biblia.


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