Démosle Voz al Dolor

En los últimos años he entrado a una conversación que me ha llevado a los lugares más obscuros del ser. El diálogo en el que he tomado parte se ha centrado en el dolor, tanto el personal, como el de otros. Esta conversación me llevó a darme cuenta que el problema es que la mayoría de veces no le doy al dolor la importancia que se merece. Es más, gasto mi energía tratando de esconder lo que realmente sucede al sentirme solo, cansado, enojado, y adolorido por los golpes que me da la vida. Trato de ignorar el dolor, y muchas veces utilizo drogas socialmente aceptables para escapar del mismo. Estas drogas varían mucho. Van desde comprar cosas que no necesito, hasta hacer ejercicio constantemente, de mantener una agenda apretada, a estar en muchas reuniones sociales. No importa lo que haga, todo se orienta a hacerme escapar del sufrimiento, y las situaciones dolorosas que me hacen ser quien soy.
Creo que el problema con el dolor radica en el hecho de tratar de esconderlo, o ignorarlo. Nuestra sociedad nos bombardea constantemente con mensajes que nos levantan el ánimo, mensajes que nos llevan a tratar de escapar de la realidad tan quebrantada que vivimos como seres humanos. La religión misma, sea cual sea, nos lleva a escapar del dolor que vivimos diariamente. Es más, nuestro evangelicalismo nos llena de mensajes baratos que lo único que tratan de hacer es cauterizar nuestra conciencia social, haciéndonos creer que el dolor y el sufrimiento son de categoría espiritual. Sin embargo, cuando llegamos a los lugares más bajos de nuestra sociedad, el dolor y el sufrimiento se vuelven tan tangibles como el cuerpo mismo.
Una teóloga feminista, Kathleen O’connor, dijo que la primera condición para la sanidad es traer el dolor a la vista. Pero, ¿Cómo traemos el dolor a la vista? Muy sencillo, abramos espacios para el lamento. Es como cuando vamos al médico para un chequeo físico. El médico nos pregunta “¿Dónde le duele?”, a lo que contestamos, “aquí, o allá”. Si no se abre el espacio para expresar el dolor, el médico nunca podrá diagnosticar el problema más profundo que puede estar causando dolor.
Mi esposa, Annette, y yo tuvimos la oportunidad de abrir un espacio de lamento para jóvenes que vienen de algunos de los asentamientos informales más duros y violentos de la ciudad de Guatemala. Durante esta experiencia escuchamos historias terribles que hicieron que nuestros ojos se llenaran de lágrimas. Así mismo, compartimos experiencias dolorosas de nuestras vidas con los jóvenes quienes asistían a estas reuniones. Interesantemente, el proceso de lamento y queja que se abrió llevó a algunos de estos jóvenes a entrar en contacto con su realidad. Después de meses de compartir con los participantes de este grupo pudimos ver cambios muy drásticos en cada uno de ellos. Ni mi esposa ni yo somos sicólogos o consejeros profesionales. Sin embargo, al traer nuestro dolor a la vista en comunidad pudimos entrar a un nivel mas profundo de conciencia de la realidad que nos rodea. Interesantemente, en lo personal dejé de tratar de escapar el dolor de mi pasado. Juntos, Annette, los jóvenes y yo, iniciamos un proceso de reconciliar nuestro pasado, para abrazar nuestro presente, y ver con esperanza el futuro.
Hoy tuve la oportunidad de hablar con un amigo que es psiquiatra, y el me dijo: “el lamento es la catarsis necesaria que nos lleva experimentar nuestro dolor en su máxima expresión. Si no experimentamos esta catarsis, terminaremos transmitiendo nuestro dolor a otros.” Después de escucharlo, me di cuenta que no estoy tan loco como creía al abrir espacios de queja y lamento con jóvenes que viven constantemente experimentando dolor y sufrimiento.

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