EN LA VIDA Y EN LA MUERTE

Hace unos días, en un artículo publicado el jueves, compartimos una frase sencilla y profunda que invita a razonar desde el inicio de la humanidad. La frase hacía sobresalir la importancia de la vida, su hermosura. La belleza de la creación en el mismo “principio” deja ver la bondad, la intencionalidad, la “gracia” de ser, de ser creado, de ser humano. ¿Podemos recordar que cuando Dios besó a la existencia a las personas, “vio que era muy bueno”? Cualquier retrato que se haya creado o imagen que se pretenda mostrar de este proceso, deberá incluir -por lo menos- un acercamiento físico íntimo entre Dios y sus criaturas. ¡Esa es la belleza: no hay vergüenza en el contacto, no hay duda en la intención! ¡Hay deseo, hay propósito, hay esperanza; por eso es “muy bueno”.
Esta maravillosa realidad se hace aún más interesante cuando se conecta con otro acontecimiento que parece ser contrastar con la creación: ¡la crucifixión! Ahí, pensamos que se encuentra el chivo expiatorio que paga los pecados del mundo. Ahí, y en él -el crucificado- se descarga la ira de los que no vemos la belleza del génesis. Alguien tiene que pagar, alguien debe es responsable; alguien debe ser castigado con todo el peso de la Ley, de las leyes. Es en ese lugar (de la muerte), en esa posición (de crucificado), y en esa situación (de condena) que se descarga la ira, la vergüenza, la imperfección, las equivocaciones, los dolores, las penas, las angustias, las enfermedades… en fin, es ahí donde se busca religiosamente -y se encuentra- quitar toda responsabilidad de cumplir con los propósitos de ser creados simplemente porque alguien “ya” lo hizo por nosotros. Quizá a veces, hasta sintamos asco de ser lo que somos, sin reparar que eso es todo lo que tenemos.
Ahora bien, como lo expresara Karl Rahner, sacerdote jesuita del siglo XX, la “mente no desea explicación sino comunión”. Esto es, volver a entender estos acontecimientos como fueron en el principio. En la creación, es ver quiénes somos y qué hacemos y decir “¡qué bueno es!”. Es, también, en palabras sencillas y profundas del centurión, tener la capacidad de decir “este verdaderamente era el Hijo de Dios”. Es tener la sensibilidad de ver en la vida la belleza sin vergüenza alguna. Es poder ver la muerte como el principio necesario para la vida. Es caminar ahora junto al Resucitado habiendo sido bautizados por él (muertos) y nacidos para la comunión (vivos), para la esperanza. Así ese lugar, esa posición y esa situación, aunque sigan siendo una vergüenza, no lo son más para nosotros. Jesús nos acompaña en la vida y en la muerte. Nosotros también decidimos acompañarlo y acompañar-nos en la vida y en la muerte.
Todo esto se hace posible porque Dios en Jesús vive la vergüenza de la cruz, de la muerte… y de la resurrección. Dios le acompaña en todo momento; no le abandona. Aún más, Dios no está enojado con nosotros por haber “fallado”, por ser “pecadores”; no nos condena. Por eso puede llevar la vergüenza, recibir las burlas y morir. En ese acontecimiento -y proceso- de la vida hacia la muerte para la resurrección, nos invita de nuevo a ser humanos, a ser creación. Porque serlo es, vivir, morir, y volver a vivir. Es conocer la vergüenza y no avergonzarse. Es, en otras palabras, es ser “la ironía dentro de la ironía”.

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