PREGUNTAS ¿HERMOSAS? SÍ, ¡HERMOSAS!

¿Por qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿qué?… preguntas y más preguntas: unas para calmar la conciencia, otras para responder la vida, para saber qué decir o, para explicar a quienes demanden razón de nuestra fe. En fin, las preguntas son importantes. Las hacemos todo el tiempo; funcionan como plataformas para el diálogo, como combustible para la discusión, o como oportunidad para el aprendizaje. Esta reflexión sobre las “Preguntas hermosas” viene de “afuera”; mejor dicho, “de adentro”: de adentro de una comunidad, de lo más profundo de la persona que sufre, que llora, que lamenta, que trata de explicar lo que ocurre a su alrededor. Estas preguntas vienen del dolor, de la angustia, del derecho humano de “saber” qué pasa; piden conocer el “por qué” de mí, el “por qué” de ti, el “por qué” de nosotros.

Es una pregunta ¿hermosa? Sí, ¡hermosa, es! Lo es porque viene de adentro, del alma, del lugar, de la fe, del ser humano.

Caminábamos por una comunidad cercana a la ciudad de Guatemala. Éramos guiados por el liderazgo local de esa comunidad. Fuimos invitados y coincidimos en ver lo que ocurre todos los días en la vida, en el caminar de otras personas. Era medio día, estaba por llover. Pero decidimos caminar todos juntos y quizá tener ojos para ver lo que no llega a las noticias. Nos llamábamos “grupo de visión” por varias razones: nos consideramos necesitados de ver, de mirar, de observar, de abrir bien los ojos del corazón, del alma, para así entender lo que ocurre en la calles de la comunidad y celebrar lo que Dios está haciendo en el medio de ellas. ¿Cuál fue nuestra sorpresa? Que ese Dios -el de las personas- nos visitaría bajo el sol y bajo la lluvia; llegaría a nosotros con palabras de otros; nos haría unas preguntas como Jesús las hizo a sus seguidores al regreso de Tiro y Sidón (fuera de la comodidad).

Llegamos a una casa, se veía como un hogar, aunque no como el nuestro. Tenía gradas al frente, una puerta pequeña; y al entrar, un patio cuadrado bien iluminado. Varias personas abrieron las puertas de las casas de adentro y salieron a ver quiénes éramos. Nos veíamos tan diferentes que llamábamos la atención. Caminamos al fondo del patio y había más gradas, al subirlas encontramos… encontramos a Dios adentro. Estaba con una familia, estaba llorando y al mismo tiempo, preparándose para ir a la escuela, para almorzar, para trabajar. Sentada en el sillón estaba una mujer, cuyo nombre era “sagrado”, sus pequeñas hijas sentadas en su regazo, y su madre, lloraba contando su historia, su éxodo, su desierto. En el medio de la historia la mujer, de nombre “sagrado”, se puso de pie y comenzó a hablar con Dios. Decía:
– “¿POR QUÉ me haces vivir esta vida?; ¿QUÉ te hice para merecer esto?”
– “Si esta es vida, ¡ya no la quiero! ¿POR QUÉ no me la quitas de una vez?”
– “¡Estoy cansada, Dios, estoy cansada! ¿QUÉ, no entiendes; no ves?”
– “¡Llévame ya! Que mis hijas sigan su vida con mi mamá; ¡esta no es vida!
– “¿Hasta CUÁNDO tengo que sufrir esto?”

Su conversación era con Dios; Dios estaba con ella en el suelo, llorando y escuchando atentamente sus preguntas. Nosotros solo éramos espectadores de una vida que hacía preguntas humanas, de una conversación sincera, una de verdad.

Luego de unos minutos -sin saber cuántos- fuimos invitados a participar de la conversación con Dios. Creímos que lo mejor era dejar que la persona que nos guiaba fuera nuestro representante y hablara por nosotros. No entendíamos qué pasaba; sólo mirábamos y tratábamos de ver, de escuchar. Al oír nuevamente esa voz -la de Dios-, hubo paz en el grupo; hubo un profundo silencio y respeto porque habíamos sido testigos de la vida de las calles, de la gracia que se empoza abajo -bien abajo-, de las preguntas que no se responden fácilmente, de las preguntas que no hacemos sino que las hace quien vive, quien muere, quien sufre, quien camina, quien sabe qué preguntar.

Ese día miramos tanto y vimos poco; ese día oímos tanto y escuchamos poco. Entre lo mucho y lo poco, hay un detalle que llevo en el corazón de esa visita-ción de Dios: “Consideren esto”, “tomen consejo”, y… “hablen”. Decidí -por hoy- evitar hacer juicio a algo que no había entendido, y esforzarme por celebrar las preguntas “hermosas” que había escuchado.


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